Cuando acaba el colegio un autocar me lleva a casa. Me lo paso muy bien y mi papi me está siempre esperando en la parada. Me gusta dar un salto grande y que me coja en brazos. Luego vamos a por la merienda, hoy también quiero un huevo kínder.
Pero algunos días es diferente. Me viene a buscar al cole con su coche. La seño le deja entrar en clase y cuando me doy cuenta de que está salgo corriendo hacia él para abrazarlo, me gusta que todos mis amigos me vean hacerlo y que me vean irme con él. Ya sé la respuesta, pero le pregunto igual: ¿Vamos a la casita con Anabel? Subimos en el coche y a veces tardamos mucho en llegar, otras se me hacen muy rápido porque me duermo. Siempre nos lo pasamos muy bien, cantamos, mi papi me va diciendo cosas que me gustan y a veces se las hago repetir muchas veces… Vamos a “la casita”. Siempre le pregunto “¿ya llegamos? Me esperan Anabel, Irene, Elena, mucha más gente que me cae muy bien. Me lo paso muy bien.
No es un consejo para ir dando por ahí, como casi ninguno, pero muchas veces cuando no buscas ni esperas nada especial el milagro ocurre. A pesar de estar separados más de 300 kilómetros, de no tener contacto desde hacía más de 25 años, de tenerlo todo a favor para no saber nada el uno del otro, el reencuentro con Anabel se produjo. Hay una canción de Serrat y Noa que expresa muy bien lo que pasó:
“Fue sin querer
Es caprichoso el azar
No te busqué
Ni me viniste a buscar
Tú estabas donde no tenías que estar
Y yo pasé
Pasé sin querer pasar
Y me viste y te vi
Entre la gente que iba y venía
Con prisa en la tarde que anunciaba chaparrón
Tanto tiempo esperándote…”
Se convirtió en un himno para nosotros. La escuchábamos a toda hora y hasta Gemma se la aprendió de memoria.
Anabel y yo nos conocíamos desde pequeños, cuando yo pasaba los veranos en un pueblo de Valencia. Pasada esa época cada uno hizo su vida, ella en Valencia, yo en Barcelona. Hay emociones que se instalan en lo más profundo del alma, se fosilizan allí dentro y pasan a formar parte de tu vida para siempre. Así me ocurrió con ella, así me enamoré de ella sin saber todavía lo que quería decir aquella palabra y sin intuir ni siquiera que muchos años s más tarde aquello iba a salir a la luz, el tsunami de amor se iba a producir. Ambos habíamos tenido siempre una vida feliz, éramos privilegiados en muchos sentidos, y decidimos pasar juntos el resto de nuestras vidas. Irene y Elena, las dos hijas de Anabel, me aceptaron desde el primer momento y yo a ellas las vi como hijas mías desde el principio. Así que creamos un núcleo de amor y felicidad. De ilusión y de mil proyectos por delante. Alquilamos una casa en Valencia, la “casita”, a la que yo iba con Gemma todos los fines de semana y a la menor oportunidad que tenía. En 2011 Anabel y yo nos casamos. Gemma ya no estaba con nosotros, pero en esa boda que celebramos por todo lo alto estuvo muy presente.
De una manera ingenua yo explicaba todo esto a las técnicas que me habían quitado a Gemma, para demostrarle que vivía rodeada de amor y que lo tenía todo para ser la más feliz del mundo. Pero no me entendían, no era su lenguaje. Eran ellas las que decidían lo que estaba bien y lo que estaba mal, y aquello no les encaja en sus valores más íntimos. Incluso en uno de sus informes llegaron a escribir “el Sr Cárdenas ha empezado una nueva relación con otra mujer, divorciada y de otra Comunidad Autónoma”. Lo que para mí era felicidad para ellas era escándalo. Lo que para Gemma era un ambiente feliz para ellas era riesgo.