Empiezo a pensar que algo raro ha pasado. No me vienen a buscar. Igual no saben que estoy en esta casa. ¿Vendrán algún día? ¿Me siguen queriendo? No me gusta nada lo que me dicen estas señoras con las que me llevan.
La lucha para que Gemma volviera con nosotros empezó el mismo día de la retirada, el 12 de marzo de 2009. Recuerdo salir de la terrible reunión aquella en la que me arrancaron a Gemma pensando qué hacer, dónde estaba la persona que me la podía devolver y acabar con aquella locura. Con un sentimiento de impotencia y desesperación a la vez.
Esa misma tarde comparecí, junto con mi exmujer, en Fiscalía de menores. La Fiscal insistió mucho en dejarlo todo por escrito y allí estuvimos más de cuatro horas. Me sorprendió el detalle con el que quería dejarlo todo bien claro, las preguntas que hacía, la urgencia que manifestaba. Y me preocupó mucho un comentario suyo: “Voy a pedir ahora mismo una copia de vuestro expediente, no quiero que aparezcan papeles nuevos más adelante…” Empezaba a entender a lo que me enfrentaba.
A Gemma me la quitaron unas personas de la Administración, pero para que alguien me la devolviera tenía que ir a la Justicia. Así que empecé un proceso que sabía, como así ha sido, que podía durar años: medidas cautelares… juicio principal… Audiencia provincial…Tribunal Superior de Justicia de Catalunya… Tribunal Constitucional… Tribunal europeo de derechos humanos…
El primer juicio duró más de 5 horas. Sorprendentemente la jueza admitió casi todos mis testigos, hasta once, cuando lo normal es admitir dos o tres. También admitió la petición de mi abogada de que declararan todas las técnicas implicadas, las cuatro de la reunión del 12 de marzo de 2009 y también otras que habían participado de alguna u otra manera.
La Administración tiene presunción de veracidad, a nadie se le ocurre pensar que está para robar niños. No necesita argumentar nada porque todo lo hacen por el “interés superior del menor”. No han de demostrar que yo hacía las cosas mal, soy yo el que ha de demostrar que las hice bien. Ponen en sus informes lo que consideran, la verdad desde su punto de vista. Pueden basarse en sospechas, llamadas anónimas, indicios… Y todo eso delante de una jueza que nunca ha conocido a Gemma. Que sólo se basa en los papeles que, en ese momento, meses después de la retirada, le pasan. Una jueza que tendrá después otro juicio de cualquier tema civil, que no tiene tiempo para entrar en el fondo de cada una de las incongruencias que mi abogada le iba a plantear en ese acto de juicio, todo muy formal, rígido, estricto, bien pautado… sin alma. El resultado es previsible…
Por suerte en algunas ocasiones no ocurre así. Cuando el juez ha entrado a fondo y ha dedicado el tiempo necesario, la sentencia es demoledora. “Se demuestra el fracaso del sistema…”, “documentos firmados por equipos anónimos…”, “documentos inconexos sin ningún orden lo que es indicador del pasotismo en la tramitación de la documentación”, “galimatías de documentos (de la Administración) imposibles de descifrar…”, “se detectan graves deficiencias en las actuaciones de la Administración…”. Todo lo anterior en una sola sentencia, pero aunque sé de varias de ellas en la misma dirección son la excepción y no fue tampoco mi caso. Goliat casi siempre gana.
Los juicios se graban, a diferencia de las entrevistas con los técnicos de la Administración, así que es fácil ver lo que pasó:
Cuando llevamos poco más de una hora de juicio declara uno de mis testigos, un psicólogo perito. Explica que la “hiperadaptabilidad” no es ningún trastorno, no existe en ningún manual. En esa inventada patología justificaba una de las técnicas la necesidad de la retirada. En algo que no existe. Además, argumenta por qué le parece muy grave que no me tengan en cuenta como padre, según él es discriminación de género
Mi declaración dura una hora. Rebato uno por uno los informes porque no reflejan lo que era la vida de Gemma, ni lo que soy yo.
Después declara Anabel, la persona con la que he rehecho mi vida. Nos hemos casado, sus dos hijas Elena e Irene son como mis propias hijas. Todas conocían bien a Gemma. Es curioso que la jueza admita su declaración y sin embargo la Administración no haya querido conocerla nunca. Tampoco la abogada de la Administración (privada, por cierto) manifiesta ningún interés en conocer lo que de verdad había en la vida de Gemma y renuncia a hacerle preguntas.
Más adelante declara otra psicóloga que ha conocido a Gemma por nuestros vínculos familiares. Explica que no se han seguido en este caso ninguno de los muchos protocolos de evaluación que los psicólogos deberían conocer bien. De una manera muy vehemente declara que es imposible que Gemma no me nombre, porque algo así se había sugerido en uno de los informes. Como siempre sólo sugerido, sin pruebas de ningún tipo.
También declara Nieves, la monitora del autocar que traía y llevaba a Gemma al colegio. La define como una nena alegre, risueña… “… siempre nos quedábamos 4 o 5 minutos, con la conductora, mirando. Era muy bonito”. Se refiere al momento en el que yo la recogía, saltaba a mis brazos desde el autocar. Los coches que seguían al autocar pitaban por la tardanza en arrancar, pero ellas no se perdían el espectáculo de amor. Tampoco en este caso la letrada que defiende a la Administración quiere preguntar nada.
Cuando ya llevamos cerca de tres horas de juicio declaran las técnicas que me recibieron aquel 12 de marzo. Literalmente hacen afirmaciones como “… unas informaciones que nos llegan…” “… ha llamado una persona diciendo que…”, “… ellos nos tenían que haber comentado si tenían problemas de pareja para poder ayudarlos, como en otras parejas…”, “… salen cosas que no puedo comentar por privacidad… muy graves…” En este punto mi abogada no puede más y explota diciendo que no pueden hacerse este tipo de insinuaciones, que o lo explica o no lo explica. Por supuesto no explica nada, prefiere quedarse en el terreno de la sospecha y la indefinición que tan bien controla.
Esta técnica habla y habla todo el rato de mi exesposa y de mí,nos juzga, analiza… y nunca nos trató, ni conoció, ni mucho menos exploró como psicóloga.Incluso manifiesta sin sonrojo barbaridades como “Ella no podía vivir sin la niña, que eso va más allá de una relación madre e hija”.
Cuando mi abogada le pregunta cuántas veces me ha visto a mí antes de la retirada, esta técnica se pone en guardia, nerviosa, se vuelve incluso maleducada. La abogada está intentando que explique cuántas veces me ha visto a mí o a la nena. No responde, pero suelta un exabrupto “para que quede claro, porque estáis intentando mezclar las cosas… cada uno tiene sus funciones…”. La jueza le interrumpe, le dice que la pregunta es muy clara. Al final reconoce que con anterioridad a la retirada no ha visto nunca a Gemma. La abogada le dice: “no conocía a Gemma con anterioridad a la retirada” y ella responde: “evidentemente”.
Sigue alerta, agresiva. “…a ver, qué me quiere decir…”. Interrumpe, comenta por lo bajo… hasta la jueza le ha de decir que” deje que la letrada formule la pregunta” Y ella le responde “que sí, que sí, que sí!”
Ante la insistencia de mi abogada en qué elementos objetivos de riesgo había y la falta de respuesta, al final dice “… bueno miraaa.. nosotros somos psicólogos y vemos” y “…exploramos a la nena con nuestras técnicas, que ya sé que no os parecen muy objetivas, pero es nuestra manera de trabajar… y la experiencia que nos avala de muchos años de trabajar con niños…”
Y las barbaridades se suceden una tras otra. Cuando se le pregunta por qué en un informe de ellos mismos unas semanas antes de la retirada se dice que yo soy el referente paterno de Gemma, la respuesta es “.el ser referente paterno no tiene por qué dar solidez… ()…depende del tipo de referente…”
Sigue la declaración de otra de las técnicas, explica que “le preguntamos a la niña cuál sería su deseo de vivir y ella dijo en una casa donde se pudiera ser feliz”. Es la propia jueza la que le interrumpe: “¿Una niña de 3 años utiliza la forma del verbo “pudiera” … “donde se pudiera”, “utilizó esta forma?” La respuesta, visiblemente nerviosa es “bueno, quizá no utilizó esta palabra” y cambia el “pudiera” por “pueda” “esta fue la expresión de la niña, ahora el verbo no lo sé.”
Ponían en boca de Gemma lo que ellas querían. Y así siguió una larga lista de malas prácticas, insinuaciones si pruebas, mentiras… Quizá ahora se entienda un poco mejor por qué el Colegio de psicólogos decidió abrir expediente sancionador a estas técnicas, aunque luego todo quedara en nada.
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