Los siguientes meses…

No me dejan ver a mi familia. Sigo con estos señores y no entiendo nada. Me tratan bien, sí, pero yo quiero a mis amigos, mi casa, mis juguetes… No sé por qué no vienen a buscarme, no me atrevo a preguntar. Sigo diciendo que sí a todo y me porto bien, a ver si así me llevan otra vez con mi familia. Tampoco vienen a buscarme Anabel, Irene o Elena. Anabel es la novia de mi papá, es como si fuera mi mami. Irene y Elena son sus hijas, mis hermanitas. ¿También me han abandonado?

Está pasando mucho tiempo, demasiado. ¿Por qué me han abandonado? ¿Me he portado mal?

No he vuelto a mi cole nunca más y tampoco voy a otro ahora. Me parece que la señora que ahora hace de mamá no va a trabajar para así poder cuidarme mejor. Si ella supiera lo que de verdad quiero…

El día de la retirada Gemma rompió radicalmente con la que era su vida. No volvió al colegio suyo nunca más, no se despidió de nadie. No se llevó su ropa, ni sus juguetes, ni sus recuerdos. Empezó a vivir en una casa nueva, a comer comidas nuevas. Me atormentaba la idea de lo que ella podía estar pensando y sintiendo. Habíamos desaparecido totalmente de su vida. La habíamos abandonado, en una casa quizás muy bonita y bien cuidada, sí, pero que no era la suya.

Las heridas emocionales que se sufren en la niñez pueden aflorar en la vida adulta. El miedo al abandono es un trastorno de ansiedad bien conocido por los psicólogos. Si unas personas que tanto me querían me han abandonado, ¿por qué eso mismo no puede volver a sucederme? Un miedo que se instala en lo más íntimo de la persona y que va a condicionar sus relaciones futuras. Una experiencia de abandono crea inseguridad y dependencia emocional por el profundo miedo a volver a ser abandonada.

Muchos expertos alertan sobre las dificultades de la entrada en la adolescencia de menores adoptados si no se hacen bien las cosas:

“…En esta búsqueda de la identificación, la ausencia total de información sobre los progenitores puede generar gran ansiedad. De alguna manera, el adolescente tiene que autoconvencerse de que no fue rechazado por sus progenitores por falta de amor, ya que, de lo contrario, de creer haber sido un «mal bebé», un «producto indeseable», puede desarrollar una «identidad negativa», identificándose con esta supuesta mala parte de él mismo, comportándose como una persona mala, reproduciendo así el supuesto abandono inicial y poniendo al mismo tiempo a prueba los lazos afectivos con los padres adoptivos.”

Todo eso es lo que yo le quería evitar a Gemma, pero ni su familia actual ni los técnicos responsables parecen darle importancia.

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