La banalización del mal

Cada vez que he explicado toda mi historia a alguien, o he escuchado tantas otras muy parecidas, alguien pregunta “¿por qué?”. Cuesta entender que unas personas con un poco de poder actúen así, destrozando vidas. Cuando escribo estas líneas acaba de empezar la guerra en Ucrania. Un país especialmente querido para mí porque nuestro primer intento de adopción fue ahí. Por dos veces hicimos todos los trámites ya que otros episodios allí vividos hacían que caducaran los papeles. Una burocracia inmensa que conocen bien todos los adoptantes internacionales mientras sueltan dinero a abogados, traductores, intermediarios, notarios, médicos, empresas del sector… Ese tiempo me sirvió para conocer un poco aquel país, sus costumbres, su cultura, sus gentes.

Algo en común hay en personas que matan a otras por el motivo que sea, en técnicas de la Administración que arrancan niños a sus padres, o que niegan el pasado a los que buscan sus orígenes. El mal existe, aunque nos hayamos acostumbrado a él, y lo que es peor lo justifiquemos.

Hannah Arendt fue una escritora alemana que siguió el juicio contra el oficial nazi Adolf Eichmann, responsable final de horrendos asesinatos y condenado finalmente a la pena de muerte en Israel. Esta pensadora explicaba que hechos terribles pueden resultar de personas ordinarias, que no se dan cuenta de la inmoralidad de sus actos. No hay ni asomo de arrepentimiento porque están convencidos de que actúan correctamente. Sencillamente hacen lo que deben hacer. Es la ética que entiende que el fin justifica los medios.

¿Cómo nadie se daba cuenta de lo que pasaba? Era lo normal, lo que tocaba en aquel momento. Nadie parecía darse cuenta de que el mal se había instalado. El mal se había banalizado.

La reflexión anterior viene a cuento de una pregunta que me han hecho muy a menudo. ¿Por qué los técnicos de la Administración actúan así? ¿Por qué generan tanto dolor retirando niños cuando no es una medida estrictamente necesaria? Es muy probable que incluso lo pasen mal cuando arrancan a un hijo de su madre o de su padre, pero será superior la satisfacción de que están haciendo lo mejor, lo menos doloroso, que cualquier otra decisión sería peor. La misión que la sociedad les ha encargado es dura, alguien tiene que hacerlo, y esa noche dormirán seguramente muy bien.

El Sistema para el que trabajan estos técnicos es un excelente paraguas protector. Y no sólo porque muchos informes sean anónimos, porque no haya ningún mecanismo de control de sus decisiones, porque el cuerpo legislativo y normativo les permita hacer lo que hacen, o porque sea imposible identificar al responsable de cada decisión bajo la excusa recurrente de que “se trabaja en equipo”. También lo es porque es un mundo que no se conoce hasta que no te afecta. Los prejuicios hacia una persona a la que han tenido que quitar los hijos, la precariedad económica asociada muchas veces y la falta de recursos de todo tipo, generan una barrera para el resto de la sociedad. Es una realidad incómoda. Nadie quiere ver sufrir a los niños y mejor encargar la responsabilidad de solucionar estos problemas a la Administración. Preferimos pensar que sus técnicos lo harán bien. Y sobre todo lo pensará siempre, por defecto, un juez en el caso de que le llegue algún pleito a iniciativa de la propia familia afectada.

En uno de los informes sobre mi caso se dice que “he empezado una nueva relación con una mujer de otra Comunidad Autónoma”. Está dicho en un contexto peyorativo, es un doble punto en mi contra: Haberme separado de mi exmujer (lo que me invalida como padre) y empezar otra relación con una persona de otro sitio, lo que me invalida más todavía. No hay nada inocente en los informes de la Administración y en este caso están proyectando de una manera clara que yo no cumplía los requisitos que ellas consideraban necesarios. No encajaba en su modelo. Y tampoco tuvieron ningún interés en conocer la realidad que mi hija vivía esos días, llena de felicidad en todos los sentidos.

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