Era una sala grande, alargada y con ventanas altas. A cada lado nueve o diez cunas y camas de diferentes estilos, perfectamente alineadas, con el cabezal en la pared. Ningún otro mueble. Era mediodía, pero la luz no acababa de entrar, se respiraba una especie de penumbra que transmitía paz, o quizás ilusión por todo lo que sabíamos que vendría luego. A pesar de los muchos niños que en ese momento estaban en la sala, el silencio era total. Allí la vi por primera vez, medio dormida, como esperando algo. Sonreía, se movía con gracia, quería jugar. Llevaba un vestidito blanco y unos calcetines finos. Hacía calor, aquel julio estaba siendo caluroso en el Masnou, muy cerca de Barcelona, donde estaba el centro de menores, lo que hace muchos años se conocía como “Orfanato” y ahora como “Centro Residencial de Acción Educativa”. Algunos piensan que cambiando el nombre de las cosas también cambian su esencia.
El Centro era grande, con un patio amplio en el que jugaban niños de diferentes edades. Recuerdo cómo uno de los días en que estábamos en el centro, una niña de unos siete u ocho años se acercó y me cogió de la mano. Me preguntó si yo era el papá de Gemma y le dije que sí. Entonces, mirando al vacio me preguntó cuándo vendría el suyo a buscarla a ella. Pensé enseguida, y años más tarde entendí por qué, que ni esa niña ni la mayoría de los jugaban en el patio deberían estar ahí, que ese no era su sitio. La idea, apenas una sensación en aquellos momentos, de que algo no estaba bien también la tuve el último día. Era el día en que definitivamente Gemma no volvería al Centro y empezaría su nueva vida, y propuse traer a los demás niños algún regalo, o un pastel, a modo de despedida de Gemma. Pero la directora me dijo que no, que no convenía crear falsas esperanzas ni vínculos afectivos que podrían ser perjudiciales. Inmerso yo en la extraordinaria experiencia que estaba viviendo, empezar la vida con mi hija, no era consciente de nada más
Dos semanas antes, un viernes, había recibido una llamada de la responsable jurídica del ICAA, el Instituto Catalán de Acogimiento y Adopción. Me dijo que había una nena para nosotros, si la queríamos. Me explicó que todavía no había cumplido los seis meses, había nacido en Catalunya y pocos detalles más. Me dijo que nos lo pensáramos durante el fin de semana y el lunes la llamara para aceptar a la nena o no. No hizo falta pensarlo ni un segundo, la respuesta era sí. Pero se tenía que seguir el protocolo, así que el lunes siguiente a las nueve en punto de la mañana la llamé.
Al cabo de pocos días empezaba lo que llamaron “proceso de acoplamiento”. Iríamos varios días al centro, daríamos de comer a Gemma, pasearíamos con ella y la devolveríamos a la hora de cenar y dormir. Su monitora nos explicó que la última noche que pasó en el Centro durmió al revés, con los pies en la pared y la carita mirando por el pasillo, hacia la puerta.