12 de marzo de 2009

Hoy ha sido un día muy raro. Empezó como otras veces. Mi papá me dijo que le acompañara a una reunión de trabajo, no era la primera vez. Íbamos a un edificio muy grande y mientras él hacía su reunión de trabajo yo le esperaba en una sala al lado, donde unas señoras me hacían preguntas muy raras, o me decían que dibujara cosas… Bueno, no estaba mal mientras yo esperaba, normalmente media hora o así. Alguna vez era aburrido y yo estaba de mala gana, con ganas de irme ya.

Ese día fue diferente. Además de aquellas señoras había dos personas nuevas, un señor y una señora que nunca antes había visto. Me dieron de desayunar, cosa muy rara porque yo ya había desayunado con mi papi, pero accedí. Dicen que soy un poco trasto, pero en el fondo soy tímida y decía que sí a todo, aunque lo que de verdad quería era volver con mi papi para que me llevara al cole, me esperaban mis amiguitos. Y ya estaba pasando demasiado tiempo.

Yo sólo me metí en la boca del lobo. Tal como me dijeron el día anterior fui con Gemma a una reunión de seguimiento. Ni siquiera podía imaginar lo que estaba a punto de ocurrir. Tal como llego nos reciben unas técnicas que apenas conozco, me cogen a Gemma y se la llevan. A mí me hacen pasar a otra sala. Hasta aquí todo era relativamente normal. Cada pocos meses me convocaban a estas reuniones de seguimiento de las que luego hacían sus informes. Siempre habían sido muy positivos. Era la verdad, era una nena feliz y lo tenía todo para serlo el resto de su vida.

En la sala esperaba mi exmujer y sentadas enfrente cuatro técnicas, pronto comprobé que cada una con su rol bien definido. La primera a mi izquierda empezó a hablar con un lenguaje y unos ademanes difíciles de explicar: trascendental, benevolente, mesiánica, condescendiente… Era la encargada de dar la noticia. Esa era su función y para eso le pagaban. Para eso se habría preparado toda la vida. “Esta aventura que comenzamos juntos hace unos años… ha llegado a su fin…”. Éstas y otras cosas por el estilo salían de su boca en una situación que nunca pude imaginar, me estaban quitando a mi hija. La segunda era la responsable jurídica de todo aquello, la que con su firma hacía que todo fuera legal, inamovible. Era la misma que años atrás me dio la noticia de que Gemma sería nuestra hija. La tercera era una mujer gris, jefa al igual que el resto, de algún departamento de algo, y que había hecho sus informes técnicos basándose en un dibujo de la nena en una de las visitas de seguimiento, dibujo que nadie nunca vio. La cuarta era una responsable de la empresa que hacía el seguimiento de las adopciones y que trabajaba para la Administración. Una persona que no entendía que un hombre puede encargarse de su hija y que de una manera muy evidente para cualquiera estaba proyectando, quizá como todas, todos sus complejos y frustraciones sobre mí. Como estas dos últimas eran psicólogas colegiadas meses más tarde las pude denunciar en el Colegio profesional correspondiente. Tras años de litigio, cientos de escritos, testimonios de profesionales, dos juicios… un juez descubrió que una propuesta de expediente sancionador a cada una de ellas había ido a la papelera. El Sistema mostraba todo su poder encubriendo a estas dos personas. Su condena hubiera supuesto cuestionar las bases del propio sistema, y eso no podía permitirse.

Así que tras dos horas intentando explicar que se equivocaban, que no sabían nada de mi vida, que Gemma era la nena más feliz del mundo… salí de aquellas dependencias a las que en los años siguientes volvería infinidad de veces con una sola intención, recuperar a Gemma lo antes posible y volver a nuestra vida anterior.

Todos sabemos que la vida te puede cambiar en un segundo. He descrito a veces mi sensación en aquellas horas como si un camión hubiera pasado a toda velocidad cuando Gemma y yo paseamos y me la arranca de las manos, se la lleva, desaparece. Pero desde ese día no ha dejado de estar presente en mi vida ni un momento. Dedicaré toda mi energía a luchar por ella. Y lo haré porque la fuerza me la da ella y los míos.

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Recuerdo que me preguntaron cosas muy raras. Si era verdad que mis papás vivían separados, cada uno en una casa. Dije que sí, claro, así era y no veía el problema. Luego me dijeron si mi mamá estaba malita. También dije que sí, era verdad, esos días estaba un poco resfriada. Lo sé porque hablaba con ella todos los días desde casa de mi papá y le preguntaba cómo se encontraba. Luego me dijeron “si tu mamá está malita y tu papá no vive en casa, entonces no puede hacerse cargo de ella, ¿no?”. ¡Qué complicados son los adultos! ¿A qué venía eso? Y a continuación me dijeron “¿Te gustaría estar en una casa donde pudieran hacerse cargo de ti?” Ahora sí que no entendía nada. Yo ya tenía una casa, mejor dicho, era una privilegiada porque tenía dos. Yo estaba cohibida, asustada… supongo que diría que sí a todo…

Pronto fui consciente de que me enfrentaba a un muro de intransigencia. En los casi tres años que Gemma llevaba ya conmigo nunca nadie pudo demostrar el más mínimo problema. La lentitud de los técnicos y funcionarios de la Administración hacía que la adopción no estuviera aún consolidada porque tenía que pasar por un juez, y mientras tanto se sucedían los informes siempre muy positivos. En el día a día esto no tenía ninguna consecuencia práctica. Incluso en el colegio constaba ya como Gemma Cárdenas, sabiendo que cualquier día un juez bendeciría algo que era muy evidente para todos. Cuando mi exesposa y yo decidimos separarnos, como tantos miles de parejas con hijos de esas edades, Gemma estuvo protegida en todo momento. Lo que para los adultos podía ser un problema, una dificultad en sus vidas, para una nena de tres años era algo absolutamente normal. No pasaba nada.

Recuerdo insistir una y mil veces en que me explicaran por qué me quitaban a Gemma. Hablarles de que era una niña feliz. Que sólo vivía rodeada de amor. Que la separación de sus padres no era para ella ningún problema. Que el hecho de que yo estuviera rehaciendo mi vida sólo le aportaba a ella más felicidad todavía. Pero hablábamos idiomas diferentes. Cuando salían de mis labios palabras como amor, felicidad… me miraban raro, eso no existe en el lenguaje administrativo donde tan bien se saben mover. La respuesta era, simplemente, que “nosotros somos responsables de Gemma y nosotros decidimos”.

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