12 de marzo de 2009, dos horas más tarde

Todo ha cambiado en un momento. La contundencia de la realidad puede con el sentimiento de incredulidad, de desconcierto, de impotencia, de desesperación. Me siento en medio de un océano buscando una tabla donde agarrarme antes de que no pueda más. ¿Dónde está esa tabla? ¿Existe? ¿Dónde está el juez, el jefe… quien sea…? que pueda devolverme a Gemma y volver a nuestra vida, llevarla al colegio…?

La cabeza va a mil. He salido aturdido de las dependencias de la Administración, a las que tanto volveré en los años venideros, y ni siquiera he devuelto la acreditación que te dan a la entrada. Aún la guardo, quizá como símbolo de la infamia o de la paradoja de todo lo que estoy viviendo: te autorizan a entrar para quitarte a tu hija.

¿Dónde está esa tabla de salvación? Pronto descubriré que no existe. Aún así esa misma tarde ya me habré reunido más de cuatro horas con la fiscal de menores, habré ido al despacho de unos abogados y por la noche me reuniré con otra abogada.

Me pregunto si me enfrento a personas malas, enfermas. ¿Quién puede destrozar así la vida de una nena de tres años y la de su familia? Me haré, y me harán, muchas veces esa pregunta. ¿Por qué? Lo que ya sé seguro es que son omnipotentes, soberbias, inflexibles, autoritarias.

He oído cientos de veces los testimonios de personas que pasan por la misma situación que yo. Todos coinciden. Y después de oírlos, de conocer en detalle muchas experiencias de hombres y mujeres que han visto cómo les quitaban a sus hijos, de hablar con docenas de expertos, me reafirmo en una idea: el mejor lugar para un menor siempre será su familia. Siempre. Por muchas dificultades que esta familia tenga o por mucha ayuda que necesite. Sólo hay una línea roja y es cuando el menor es víctima de maltrato. Pero eso es la inmensa minoría de las veces, por mucho que su eco social sea enorme. He conocido miles de casos y sólo uno en los que había maltrato. Ese debe ser el porcentaje: uno entre miles. Pero en la Administración de Catalunya hay ahora más de ocho mil menores arrancados de sus padres. Cuarenta mil en toda España.

Gemma era, hasta ese día, la niña más feliz del mundo y una privilegiada por todo lo que tenía. A partir de ese día tendrá que ir a psicólogos durante años.