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Sobre el sistema de protección de la infancia

En la Radio, programa “Hijos 4.0”, hablando de la denuncia colectiva y de más cosas…

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Convocatoria de reunión de Aprodeme

Convocatoria reunión.

Te invitamos a participar en esta reunión de la Asociación: .

Jueves 10 de noviembre de 2016 a las 19h
 CENTRE CÍVIC URGELL

C/ Comte d’Urgell, 145, 08036 Barcelona
(la asistencia es gratuita)

Hablaremos de:
– La denuncia colectiva contra el sistema de protección de menores
– Pondremos en común nuestras propuestas y dudas. Expertos abogados y psicólogos tratarán de resolverlas.

Asistirán Enrique Vila, abogado y presidente de SOS Raíces; Silvia Cuatrecasas, abogada, y Marisol Ramoneda, psicóloga.

Por favor confirmad asistencia.
Si no puedes asistir a la reunión, puedes hacer llegar tus comentarios y propuestas a la dirección que se indica.

Para cualquier sugerencia o consulta: asociaciondefensamenores@gmail.com
Teléfono: 661 495 212

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Diagnósticos irregulares con los que te quitan a un hijo

Un artículo riguroso y documentado, que desenmascara con pruebas las malas actuaciones de muchos técnicos de la administración responsable de la protección de menores.

No entiendo cómo los que sí hacen bien su trabajo, ni sus responsables,  no se rebelan también contra esta mala praxis.

Leer el artículo aquí

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Continua el robatori de nens

Entrevista a Consuelo  García del Cid “L’estat segueix robant nens com ho feia durant el franquisme”

L’autora no veu diferències entre el robatori de nadons durant el franquisme i la situació actual, on se segueix separant a nens dels seus pares d’una manera injustificada perquè s’allunyen dels “patrons morals”.  Denuncia que sovint s’acudeix als serveis socials per demanar ajuda i el resultat és que et treuen els fills.

Llegir l’article aquí 

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El Colegio de Psicólogos de Cataluña no cumple las sentencias

En un procedimiento que se inicia en julio de 2009 tras dos sentencias en contra (la última en septiembre de 2015), el Colegio Oficial de Psicólogos de Cataluña no cumple lo ordenado en esta sentencia. A pesar de la intervención, además, del Síndic de Greuges; a pesar de infinidad de requerimientos míos para ser recibido y encontrar una solución… un año después sigue sin dar respuesta.

Es una denuncia antes las actuaciones de dos psicólogas de la Administración, por infracción de las normas de conducta profesional,  que motivan la retirada de una menor. El Colegio, en un ejercicio mal entendido de corporativismo, las protege. Y el juez ordena que se investigue. “Actas desaparecidas…”, “falta de valoración crítica…”, lo dice la sentencia.

Ver sentencia aquí:   sentencia-copc

Si alguien quiere más información, escribir a:  esmihija@gmail.com

 

 

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Psicólogos y menores

Interesante  artículo de Elisabeth Ballús, psicóloga, sobre el diagnóstico en niños en procesos de adopción. Lo define como un colectivo vulnerable y susceptible de ser diagnosticado de todo tipo de patologías.

“Se siguen haciendo diagnósticos parciales que evalúan únicamente alguno de los ámbitos de la persona… sin considerar la historia previa de estos niños…”

Concluye afirmando que “…más allá de poner una etiqueta, el objetivo del psicodiagnóstico es comprender para poder ayudar

Leer artículo aquí: adopcion-y-patologia

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Hay que revisar profundamente los procedimientos en que se basa la entrega en adopción de un niño

Interesante artículo que plantea la necesaria revisión de un sistema de protección de menores que es perverso, publicado por Esther y Silvia Giménez-Salinas en El Periódico. Acceder aquí al original

Estos días hemos asistido atónitos a la impactante historia de un niño de 4 años que, como en el juicio de Salomón, unos padres adoptivos y una madre biológica se disputaban en un procedimiento que se ha calificado de «aberración jurídica». Sí, ya sabemos que los niños tienen derecho a una infancia feliz, a unos padres sonrientes, a una casa sin gritos, a un cuarto ordenado, a una escuela cercana, a una alimentación sana… Solo que estas condiciones las pueden ofrecer con mucha mayor facilidad unos padres que tienen recursos (no solo económicos) que un sector de la población en el que las desigualdades han hecho mella y donde el primer maltrato ha sido su propia infancia.

Por supuesto que impacta mucho la idea de un niño que lleva tres años viviendo feliz y bien atendido en una familia preadoptiva y del cual, de repente, un fallo judicial decide que ha de ir con su madre, de 19 años, a quien no conoce y a quien además privaron de todo contacto con él en la infancia. Pero también impacta escuchar a la madre cuando dice: «No me quitaron a mi hijo por llevar una mala vida, sino porque yo era una niña custodiada, que vivía en un centro de acogida».

EL DEDO EN LA LLAGA

Este caso concreto -como suele pasar- ha puesto el dedo en la llaga en un sistema de servicios sociales que con el tiempo se ha erigido como el más capacitado para decidir sobre el interés del menor. Según algunos, perversidades como la que nos ocupa se sitúan en la justicia, cuando en realidad hay que atribuirlas al modelo diseñado.

En principio, los técnicos de la Administración deciden y evalúan qué es lo mejor para los niños, pero no están sujetos a ningún control judicial. El llamado supremo interés del menor avala sus decisiones. Pero solo hace falta leer -al menos en este caso- la carta de la madre para entender que los servicios de protección decidieron que su vida mejoraría internándola en un centro y culpabilizaron a su vez a su madre por no educarla conforme a los parámetros de la sociedad en la que vivía.

Sin duda, la primera conclusión es que hay que intentar tratar a los niños en sus propias familias, aunque sea mucho más difícil. Hay que dotar a los padres del soporte y la ayuda necesarios para afrontar las crisis y ayudarles económicamente para que puedan ocuparse de sus hijos. En caso contrario, la pobreza y la marginación actúan siempre como detonantes y criminalizamos la miseria acusando a los progenitores de ser malos padres.

PROTECCIÓN DEL MENOR

La segunda cuestión se centra en que la función de los técnicos de la Administración es proponer aquellas medidas que crean más adecuadas para proteger a un menor, especialmente si este está en una situación de riesgo o desamparo. Pero esta intervención, precisamente por lo delicada y difícil que es, necesita unos límites. Sobre el papel, la respuesta parece clara: los técnicos informan sobre lo que creen mejor para los menores, pero la Administración está obligada a respetar, con las mismas garantías que en los procesos judiciales, su decisión y esta debería ser avalada por los tribunales. Esta sería una protección coordinada de la infancia.

En el caso que nos ocupa, si un tribunal ha decidido retornar a un hijo a su madre biológica, pese al dolor inmenso que puede suponer apartarlo de las personas que han creído durante años ser sus padres, probablemente muy graves debieron ser también los defectos del procedimiento.

Un juez que vela por el interés del menor, lógicamente es consciente de lo sucedido aunque no sea un especialista en infancia, pero un proceso sin garantías y sin pruebas no puede ser confirmado. Por duro que sea, el paso del tiempo no puede consolidar la vulneración de los derechos de los niños y sus padres. Ninguno de nosotros lo permitiría.

PERVERSIDAD DEL SISTEMA

No tiene sentido discutir sobre el dolor de los padres: ¿qué dolor es mayor, el de la madre biológica, que ha luchado desde el inicio por recuperar a su hijo, o el de los padres adoptivos, a los que tras serles entregado un niño con garantías de adopción se lo retiran a los tres años? Ahí está la perversidad del sistema. No se puede dar un niño en acogida con carácter preadoptivo si la madre recurre constantemente y trata de recuperar a su hijo, como no se puede tampoco pretender que mantenga una vinculación si solo se le permite visitarlo una hora al mes. Pero tampoco debe entregarse un niño a una familia ajena sin advertirla de los procedimientos de impugnación de la madre y sin que conozca con exactitud la situación jurídica.

Desconocemos las razones exactas por las cuales se ha retornado este niño a su madre, pero desgraciadamente también conocemos otros casos en los que ha sido a la inversa, que en aras del interés del menor y especialmente por el paso del tiempo se han consolidado graves vulneraciones de derechos. No hay varitas mágicas, sabemos de la complejidad del tema, pero precisamente por eso creemos que es tiempo de una revisión profunda de los procedimientos.

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El menor siempre es lo más importante

A raíz del caso de Valencia (la retirada de un menor en acogimiento preadoptivo a los 4 años) muchos medios de comunicación se han puesto en contacto conmigo porque veían similitudes con mi situación.

A todos les he dicho lo mismo: que lo primero siempre ha sido la nena que durante más de tres años fue mi hija. Que ha pasado mucho tiempo (desde el 2009) y que creo que lo mejor para ella es que esté en su familia actual. Que eso no impide que yo pueda tener una relación con ella y con su familia, como alguien importante en su vida, normalizando esta situación.

De momento sigo sin tener respuesta positiva a esta demanda. Espero poder decir pronto lo contrario.

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El reencuentro

Lecturas (muy breves) para este verano. Cuarta entrega

Francisco Cárdenas es un luchador incansable. La primera vez que me entrevisté con él en mi despacho de Valencia, además de descubrir en él una persona culta y amable, vi reflejado en sus ojos el dolor inmenso que durante mis años de profesión tantas veces he visto incrustado en la mirada de mis clientes. Ese dolor inmenso que en mi despacho profesional se desgrana, surgiendo de la aberración de unas vidas separadas por la fuerza.

Porque en mis casi veinte años como abogado, dedicado casi exclusivamente a facilitar el rencuentro entre familiares separados, ha sido habitual encontrarme con las lágrimas de las madres y padres que buscan a sus hijos, o de los hijos que queremos saber de dónde venimos, cuáles son nuestros orígenes. En mi doble condición de abogado y adoptado que busca a sus padres biológicos, llevaba, pues, muchos años luchando contra las barreras administrativas, judiciales, sociales y culturales para conseguir algo tan sagrado, tan inviolable, como que se hiciera respetar el derecho de padres e hijos a estar juntos. Y hablo de padres sin más, sin apellidos y sin diferenciar entre biológicos o adoptivos.

Sencillamente, padres. Quizá estemos acostumbrados a pensar en las separaciones forzadas de niños y sus progenitores, cuando partimos sólo de vínculos biológicos. Pero yo, como adoptado, les puedo decir que la paternidad la da el amor. El cariño. La convivencia. Y aun siendo sagrados los vínculos sanguíneos de las personas, que habría que respetar y cuidar, es posible con una modificación legislativa que permitiese la adopción abierta; yo soy de la opinión de que padre e hijo “se hacen”. Por eso, el ejemplo de Francisco me impactó. Un padre que iba a adoptar, un padre que “ya era padre de hecho”, y que fue empujado por la actitud arbitraria y brutal de la Administración hacia el mismo dolor al que tantos otros padres biológicos también son empujados sin conmiseración.

En definitiva, el ejemplo de Francisco me demostró lo que yo ya había vivido con mis padres adoptivos: el amor paterno-filial no tiene distinciones de origen, su fuerza nace del cariño y la convivencia, de sentir como de uno mismo lo que más se quiere en este mundo: a los hijos. Aquel horror, el del tráfico de bebés en España, el de unas raíces perdidas que tanto me cuesta rehacer ahora como jurista, yo creía que era un horror pretérito, del pasado olvidado que finalmente se convertiría en una triste historia de terror, pero lejana y que acabaría perdiéndose en el olvido. Sin embargo, y sobre todo tras el escándalo que destapé en mi despacho con la presentación de la denuncia colectiva por el robo de bebés, en enero de 2011, ante la Fiscalía General del Estado, cada vez más fui requerido por otras personas atormentadas y necesitadas de mi ayuda, que me abrieron los ojos a una realidad quizá más tremenda que la terrible historia acaecida en el pasado inmediato: esta dura realidad no era otra que el “robo de bebés” seguía instaurado plenamente, pero disfrazado de una piel de cordero en forma de “legalidad administrativa”, en la actualidad.

Era terrible, pero para mi sorpresa, era cierto. Y más tremendo aún, esa administración no sólo daña a los padres biológicos con actuaciones abusivas. También rompe los corazones de padres de acogida, ilusionados por cuidar y a amar a su hijo el resto de sus vidas, con negativas a la adopción absurdas y carentes de cualquier fundamento. Muchas veces pienso, y leyendo el libro que ahora tienen entre sus manos se habrán dado cuenta, que el mecanismo y el engranaje de la administración que regula los acogimientos en España es tan frío, tan inhumano, que sólo sabe generar dolor: a los padres biológicos a veces; a los futuros padres adoptantes en otras, y, desde luego, y aunque ellos crean lo contrario, a los hijos acogidos o adoptados casi siempre.  Las palabras de Francisco, pues, que tan bien ha sabido plasmar en esta obra que cierro con orgullo, me iban desgranando, poco a poco, el dolor de un futuro padre separado de su hija por la violencia, la incomprensión y lo absurdo de una actuación administrativa desaforada y brutal.

La realidad de la lucha contra las separaciones familiares forzadas, contra las que tantas veces me enfrentaba en mi despacho, seguía viva y rompiendo los corazones de miles de padres e hijos. Este libro debe ser sin duda un ejemplo, un nexo de unión de los sentimientos de todos los que están en la misma situación que su autor. Un ejemplo también de constancia y lucha para conseguir los objetivos de volver a unir lo que una ley o una administración deshumanizadas tantas veces están desuniendo. El ejemplo de Francisco, que además es un firme pilar de los movimientos asociativos que en la actualidad luchan contra los abusos de la administración en el ámbito de menores, ha de fructificar en que la sociedad se dé cuenta de que un problema parecido al del tráfico de bebés persiste en la actualidad: la administración, amparándose en leyes oscuras, injustas, y sobre todo en su aplicación parcial, juega con las vidas de menores y padres, traficando en la práctica con los niños ahora también, con criterios arbitrarios no exentos de intereses económicos. Porque mucha gente se ha perdido ante la deslumbrante avalancha mediática, en la que yo he tenido gran culpa y participación, que ha tenido el triste asunto del robo de bebés en España durante el siglo XX.

Pero, sin duda, hemos de hacer un esfuerzo para “girar la vista”, y ver que en la actualidad, como cuenta fiel y crudamente Francisco en este su libro, el drama continúa. Duro. Opaco. Oculto. Pero rompiendo el corazón de miles de ciudadanos, los padres ahora y dentro de unos años sus hijos, que ven como sus vidas se resquebrajan la mayor parte de las veces por un abuso inconcebible de la administración. Al conocer, pues, a Francisco, y al leer su obra, me emocioné. Era la cabeza visible de todos esos padres y madres que no cejan en su empeño de luchar por recuperar lo más sagrado de su vida, lo mejor: sus hijos. Hemos de ayudarles. Yo como letrado, pero cada una de las personas que conozcan este sufrimiento o lean este libro, aportando su granito de arena para que, al menos, los padres no se sientan solos en su desgarradora y justa lucha.

Yo no hubiera perdonado a ninguna “administración” que me hubiera separado de los que quisieron y fueron mis padres adoptivos, a los que adoré en vida y adoro tras su muerte. Al igual que ahora no perdono a la administración que no quiere decirme la identidad de mis padres biológicos. Finalmente he de decir que los ojos de Francisco, además de todo lo anterior, me hicieron sentir envidia. Porque yo, abogado y adoptado que aún hoy busco con ahínco a mis padres, sentí el firme deseo de haber tenido un padre y una madre con el mismo coraje que demuestra el autor, con el mismo amor por mí que Francisco demuestra por “E.”, su hija querida. Quizá, así, yo hubiera sido más feliz.

Enrique J. Vila Torres

Abogado y escritor

Bastardo, expósito y adoptado.

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La experiencia de un niño robado

Lecturas (muy breves) para este verano. Tercera entrega

Cuando tenía cinco años de edad, en la escuela, algunos niños me decían: “tu madre no es tu madre”. Así que mis primeros recuerdos son de cuando yo estaba en el patio, solo y aislado de los demás niños, sintiéndome inferior a los demás. A veces también me sentía observado por algunas madres que buscaban a sus hijos a la salida del cole: ellas hacían comentarios sobre mí. Cada noche me acostaba con una pregunta sin respuesta: “¿por qué?”.

No entendía por qué mis padres no eran mis padres. Era como estar en un laberinto sin salida. Sin embargo, no me atrevía a hacerles esta pregunta. Por mi corta edad, tampoco tenía forma de averiguarlo. La única sincera en mi familia fue mi abuela materna. Ella solía contarme una historia que, sólo ahora, entiendo por qué lo hacía. Me estaba preparando para el futuro. El cuento decía lo siguiente: “Érase una vez un matrimonio que estaba con su niño pequeñito comprando. Entonces llegó un señor muy malo, muy malo, que les quitó el niño y se fue corriendo. ¡Oh! Este pobre matrimonio lloró por su niño, y siempre estuvo buscando a su niño, con muchas ganas de volverlo a ver.

Pero el señor malo conoció a otro matrimonio que no podía tener niños porque estaban malitos, aunque tenían muchas ganas de tener un hijo. Entonces el hombre malo les vendió al niño que había robado. Mientras que el otro matrimonio, a quienes les había robado el niño, acudían siempre a la playa en su búsqueda. El chico tenía un lunar en la espalda, así que miraban con atención en la espalda de todos los niños en la playa. Así pasaron muchos años, hasta que un día vieron a un niño grande con el mismo lunar en la espalda…” Entonces yo le preguntaba a mi abuela: “¡Yaya, yaya! ¿Era su hijo?”. Y el cuento terminaba así: “Sí, cariño, era su hijo. Desde ese día el niño tuvo dos papás y dos mamás”.

Una parte del cuento se hizo realidad a la edad de 38 años. Recibí una llamada de Juan Luis Moreno, un amigo de la infancia cuyos padres eran amigos de los míos, que me dijo: “¡Antonio, mi padre se está muriendo y me ha confesado que a ti y a mí nos compraron a una monja en Zaragoza!”. Al hacer las averiguaciones en el hospital Miguel Servet de la capital aragonesa, donde supuestamente había nacido, me contestaron que no tenían constancia de mi nacimiento, ni de que mi madre hubiera ingresado allí. A Juan Luis le pasó lo mismo. Con pruebas de ADN que confirmaban la inexistencia del vínculo sanguíneo con las personas que figuraban como progenitores en mi partida de nacimiento falsa, así como el testimonio de familiares que afirmaban que nunca habían visto embarazada a mi supuesta madre, acudí a los tribunales, que, uno a uno, fueron desestimando mi causa.

Así que cuando conocí a Francisco Cárdenas y su lucha por recuperar a su hija, lo primero que pensé es que posiblemente ella un día vivirá algo muy parecido a lo que experimenté hace más de 30 años. Yo, como niño robado; la hija de Cárdenas, como víctima de los fallos del  sistema de protección de menores. Sin ser nuestros casos exactamente iguales, compartimos ciertas similitudes, que deberían causar una seria reflexión sobre el tratamiento de los menores en España. La primera y más importante: la separación ocurrió sin la intervención judicial. Esto es bastante obvio en mi caso, cuando se dio en circunstancias ilegales, aún no investigadas por la justicia. En el caso de Cárdenas, ocurrió en completa ausencia de un proceso judicial, como sí ocurre en otros países cuando se trata de un hecho tan dramático como es la división de una familia. Aunque han pasado casi cuarenta años, los tribunales persisten en su indiferencia a indagar ciertos temas. La segunda similitud tiene que ver con la dimensión social de nuestras problemáticas.

En ambos casos hay cientos de personas repartidas por toda España que reclaman justicia. Y la tercera semejanza tiene que ver en cómo un drama personal terminó convirtiéndose en una causa colectiva gracias al importante trabajo de difusión de los medios de comunicación. Desde que Francisco y yo decidimos acudir a la prensa, ante la pobre actuación de los tribunales, muchas personas nos contactaron de forma espontánea. Yo creé, en febrero del 2010, la Asociación Nacional de Afectados por Adopciones Irregulares (Anadir). Actualmente tenemos 2.023 asociados, entre personas adoptadas irregularmente y madres que aseguran que les robaron sus bebés al darlos a luz.

Cárdenas ha hecho lo suyo con la Asociación para la Defensa del Menor (Aprodeme). A través del fenómeno asociativo, tan íntimamente relacionado con las sociedades democráticas avanzadas,  pretendemos dar cobertura y apoyo a todos los afectados, tanto de Anadir como de Aprodeme. Nuestro objetivo compartido es denunciar ante la opinión pública los hechos y a sus responsables. Quisiera también agradecer de todo corazón el apoyo que nos están dando los medios de comunicación y el esfuerzo de todas aquellas personas implicadas en nuestra lucha por la verdad. A todos los amigos que nos ayudan desde el anonimato, y, sobre todo, a ti, Noelia, por ser lo mejor que me ha pasado, por entenderme, por quererme y porque eres muy especial.

Antonio Barroso Berrocal, Presidente de Anadir